Visita del Mahatma Morya a Olcott

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Visita del Mahatma Morya a Olcott

Mensaje  TURISTA el Vie 22 Oct - 12:35

Visita del Mahâtma Morya a Olcott

“Una noche después de que había terminado nuestro trabajo con Isis , ya me había despedido de HPB, me había retirado a mi habitación, le había puesto el seguro a la puerta como siempre, y me había sentado a leer y fumar, cayendo pronto absorto en mi libro; el cual, si recuerdo correctamente era Viajes en Yucatán de Stephens; en todo caso no era un libro sobre fantasmas, ni tampoco alguno que hubiese podido estimular mi imaginación para que estuviese viendo espectros. Mi silla y mesa estaban a la izquierda frente a la puerta, mi abrigo de campaña a la derecha, la ventana veía hacia la puerta, y sobre la mesa había una lámpara de gas. . . .Yo estaba leyendo tranquilamente, con toda mi atención concentrada en mi libro. Nada en los incidentes de la noche me había preparado para ver un adepto en su cuerpo astral; yo no lo había deseado, no traté de invocarlo en mi imaginación y era lo menos que esperaba. De repente, estando leyendo con mi hombro un poco volteado de la puerta, me llegó un resplandor de algo blanco en el rabillo derecho de mi ojo derecho; voltee mi cabeza, y debido a la sorpresa dejé caer mi libro, y vi elevándose sobre mi, en su gran estatura, a un Oriental vestido con ropajes blancos, que llevaba un tocado o turbante de color ámbar rayado, bordado a mano en borra de seda amarilla. Su cabello negro lustroso caía por debajo del turbante hasta los hombros; su barba era negra, partida verticalmente sobre sus mejillas a la usanza rajput, y estaba trenzada en las puntas, y llevada hasta las orejas; sus ojos estaban vivos con fuego del alma; ojos que al mismo tiempo eran benignos y de mirada penetrante; ojos de un mentor y de un juez, pero suavizados por el amor de un padre que mira a un hijo que necesita consejo y guía.

Él era un hombre tan imponente, tan imbuido en la majestuosidad de la fuerza moral, tan espiritualmente luminoso, evidentemente tan por arriba de la humanidad común, que me sentí avergonzado en su presencia, e incliné mi cabeza y me arrodillé como uno hace ante un dios o un personaje divino. Sentí su mano ligeramente sobre mi cabeza, una voz dulce pero firme me pidió que me sentara, y cuando levanté mis ojos, la Presencia estaba sentada en la otra silla más allá de la mesa.

Él me dijo que había venido en el momento de crisis cuando lo necesitaba; que mis acciones me habían llevado hasta este punto; que sólo en mí estaba si él y yo nos encontraríamos frecuentemente en esta vida como colaboradores por el bien de la humanidad; que había que hacer un gran trabajo por la humanidad, y que yo tenía el derecho de compartirlo si quería; que una misteriosa liga, que no me la explicaría ahora, nos había juntado a mi colega y a mi; una liga que no podía ser rota, no obstante lo tirante que pudiese llegar a estar algunas veces. Me dijo cosas sobre HPB que no repetiré, al igual que cosas acerca de mí, que no le interesan a terceros. No puedo decir qué tanto tiempo estuvo ahí: pudo haber sido media hora o una hora; aunque me pareció sólo un minuto, ya que no me di cuenta del paso del tiempo. Finalmente él se levantó, mientras que yo me admiraba de su gran estatura y observaba la especie de esplendor en su semblante—que no era una brillantez externa, sino el suave fulgor de una luz interna—que proviene del espíritu. Súbitamente llegó a mi mente el pensamiento: ‘¿Que tal si todo esto no es más que una alucinación; que tal si HPB lanzó una fascinación mesmérica sobre mí? ¡Ojala y tuviese algún objeto tangible que me pruebe que él estuvo realmente aquí; algo que pueda tener cuando él se haya ido!' El Maestro se sonrió amablemente como si leyera mi pensamiento, desenvolvió el fehtâ de su cabeza, me saludó benignamente despidiéndose, y—se fue: su silla estaba vacía; ¡yo estaba solo con mis emociones! Sin embargo, no completamente solo, ya que sobre la mesa yacía el turbante bordado; una prueba tangible y perdurable, de que no me habían ‘olvidado', o que había sido engañado psíquicamente, sino que había estado cara a cara con uno de los Hermanos Mayores de la Humanidad, uno de los Maestros de nuestra insulsa raza de pupilos. Mi primer impulso natural fue correr y tocar a la puerta de HPB, y contarle mi experiencia. Luego regresé a mi cuarto a pensar, y la gris mañana me encontró aún pensando y resolviendo. A partir de esos pensamientos y de esas resoluciones se desarrollaron todas mis subsecuentes actividades teosóficas, y esa lealtad a los Maestros por detrás del movimiento, que los golpes más rudos y las desilusiones más crueles nunca han hecho vacilar. Desde entonces he sido bendecido con el encuentro de este Maestro y de otros, pero poco provecho podría obtenerse en repetir la narración de mis experiencias, de las cuales la que acabo de contar es un ejemplo suficiente. No obstante que otros menos afortunados puedan dudarlo, yo lo SÉ.” ( Old Diary Leaves , I, pp. 377-380)



Foto de una esquina del turbante que el Mahâtma Morya al despedirse le
entregó a Olcott en Nueva York. Conservado en el Museo de Adyar, Madrás, India

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