(Lobsang Rampa) un lama Tibetano

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(Lobsang Rampa) un lama Tibetano

Mensaje  TURISTA el Lun 15 Nov - 11:29


Lobsang Rampa
Libro: El Tercer Ojo es la autobiografía de un lama tibetano



Sus crónicas narran de forma sencilla y atrapante cómo ha sido su crianza en el seno de una familia de clase alta en total austeridad según la ley hasta la edad de 7 años. Y a partir de esa edad, su educación como monje médico en el lamasterio de Chakpori (montaña de hierro), cuya disciplina, muy distinta a la de otros lamasterios, era severa y feroz. Allí el orden y adiestramiento eran esenciales.

En Tibet sólo los lamas que fuesen encarnaciones vivientes probadas, como sucedía con Lobsang, podían ser abades a los 14 años pero sólo si pasaban severos exámenes. Ellos eran estrictos, austeros y justos.

Su instrucción religiosa fue intensa y lo sometieron a métodos para desarrollar su memoria.
Tuvo una niñez sin descansos, diversiones, ni juegos. El estudio y el trabajo ocupaban todas sus horas de vigilia.

A los 8 años fue sometido a una operación quirúrgica para “abrir su Tercer Ojo” y recibió las instrucciones necesarias para usar su nuevo sentido que le permitiría ver a la gente como realmente era, según las lecturas de los colores aúricos.

A través del relato el autor va pintando un país teocrático que avanza con lentitud para así poder expandir su conocimiento esotérico.
Va develando sus creencias en la reencarnación, el trazamiento de vidas pasadas, la astrología, la adivinación y sus costumbres. Las que como le diría el Dalai Lama a un Lobsang –lama médico- en sus palabras de despedida: “el modo de vivir y pensar de los extranjeros es extraño y no se puede explicar fácilmente”.

Click aquí para descargar el libro 3er ojo de Lobsang Ramp


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TURISTA

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Re: (Lobsang Rampa) un lama Tibetano

Mensaje  TURISTA el Lun 15 Nov - 11:58

LIBRO: EL 3ER OJO

Capítulo: XIV
USANDO EL TERCER OJO.


Una mañana en que me hallaba con el espíritu en calma, y preguntándome cómo emplearía una media hora que me sobraba antes de la función religiosa siguiente, se me acercó el lama Mingyar Dondup.
—Vamos a pasear un poco, Lobsang. Tengo que encomendarte un pequeño trabajo.
Me alegró poder pasar un rato con mi Guía y estuve listo enseguida.
Cuando salíamos del Templo, un gato nos dio grandes muestras de afecto y no pudimos librarnos de él en un buen rato. Era un gato enorme. En tibetano llamamos al gato shi-mi. Satisfecho por la acogida que le habíamos hecho siguió junto a nosotros hasta la mitad de la pendiente de la Montaña de Hierro. Entonces recordó, seguramente, que había dejado sin vigilancia las joyas y regresó a gran velocidad.
Los gatos de nuestros templos no eran sólo un adorno, sino fieros guardianes de los montones de piedras preciosas que había en torno a las imágenes sagradas. En las casas particulares tibetanas tenían perros guardianes, tremendos mastines capaces de tumbar a un hombre en un momento y destrozarlo; pero estos perros pueden ser dominados con habilidad y es posible alejarlos por diversos medios. En cambio, los gatos, si empezaban a atacar, no había manera de librarse de ellos. Sólo su muerte podía interrumpir el ataque. Eran de la raza que suele llamarse «siamesa». Por el frío del Tíbet, esos gatos son casi negros. En los países cálidos, según me han dicho, los gatos siameses son blancos, pues la temperatura influye en su color.
Tenían los ojos azules y muy largas las patas traseras, dándoles esta característica un extraño andar. Sus colas son largas y como látigos. Y sus voces son impresionantes. No hay en el mundo otros gatos que tengan esa voz. Su volumen y su riqueza de tonos son de una increíble variedad.
Estos gatos, cuando estaban de servicio en el templo, eran unos estupendos vigilantes, siempre alerta y moviéndose continuamente con pasos silenciosos, como misteriosas sombras. Si alguien intentaba llegar hasta los montones de joyas —que no estaban guardadas por ningún otro medio—, un gato saltaba del sitio más inesperado, quizá de lo alto de una imagen, y caía sobre el brazo del ladrón. Si éste no conseguía huir inmediatamente (y para ello tendría que llevarse encima al felino), otro gato le caía en la garganta.
Y téngase en cuenta que estos gatos tienen garras de doble longitud que los gatos corrientes. A los perros se les puede alejar con un palo o envenenar o bien sujetarlos. Pero a nuestros gatos siameses no hay manera de quitárselos de encima. Cuando luchan con los más fieros mastines los ponen en fuga a los pocos minutos. Mientras estaban de servicio, sólo podían acercarse a ellos los que los conocían «personalmente».
Continuando nuestro paseo, seguimos por la carretera hasta doblar a la derecha por el Pargo Kaling. Dejamos atrás el pueblo de Shó. Pasamos por el Puente de la Turquesa y torcimos a la derecha, en el sitio llamado la Casa de Doring. Así llegamos junto a la antigua Misión China. Entonces me dijo el lama Mingyar Dondup:
—Ha llegado una nueva Misión china, como ya te he dicho. Vamos a ver qué clase de gente es ésta.
Mi primera impresión fue muy desfavorable. Aquellos hombres se movían con arrogancia por dentro de la casa deshaciendo su equipaje. Traían armas suficientes para equipar a un pequeño ejército. Por ser yo entonces todavía un niño, podía «investigar» con mucha mayor libertad que los adultos. Con toda tranquilidad me acerqué a una ventana abierta, y así estuve un rato hasta que uno de los chinos se fijó en mí. Lanzó una maldición en chino, expresando serias dudas sobre la honradez de mis antepasados.
En cambio, no parecía dudar de cuál iba a ser mi futuro, porque se dispuso a arrojarme a la cabeza lo primero que encontró a mano. Pero me aparté y el hombre quedó desconcertado. En unos segundos me había perdido de vista.
—Las auras de esa gente son terriblemente rojas.
Durante todo el camino de regreso, el lama Mingyar Dondup fue muy pensativo. Horas después, cuando terminamos de cenar, me dijo:
—He estado meditando acerca de esos chinos. Voy a proponerle al Dalai Lama que empleemos nuestras facultades especiales. ¿Te consideras capaz de observarlos oculto detrás de un biombo?
—Si crees que puedo hacerlo, Maestro, sin duda alguna podré hacerlo.
El día siguiente no pude ver a mi Guía, pero al otro me dio clase por la mañana, como de costumbre; y después del almuerzo me dijo:
—Esta tarde vamos a dar un paseo, Lobsang. Aquí tienes un pañuelo de primera calidad; así que no necesitas de tu clarividencia para saber adónde iremos. Te doy diez minutos para que te prepares y luego ven a reunirte conmigo en mi habitación. Yo antes he de ver al Abad.
Descendimos de nuevo la Montaña de Hierro por aquella senda tan pendiente y escabrosa. Tomamos un atajo y llegamos muy pronto al Norbu Linga. Al Dalai Lama le gustaba mucho este Parque de la Joya y pasaba allí casi todo su tiempo libre. El Potala era un sitio magnífico por fuera, pero en su interior resultaba la atmósfera demasiado cargada con tanto incienso y tanto humo de lamparillas. Durante siglos había estado cayendo la grasa de las lamparillas en el suelo y era frecuente que los solemnes lamas se dieran formidables resbalones que los dejaban en ridículo. Como es natural, el Dalai Lama no quería exponerse a dar tan risible espectáculo y por eso se quedaba en los jardines todo el tiempo que podía.
El Parque de la Joya estaba rodeado por una cerca de piedra de unos tres metros de altura. El parque tiene sólo un siglo. Dentro hay un palacio con torrecillas de oro y consiste en tres edificios donde se realiza el trabajo oficial. El recinto interior, formado por otro muro de piedra, era el jardín privado del Dalai Lama. Se ha dicho que los altos funcionarios no podían penetrar en ese recinto, pero esto no es cierto. Yo he estado allí unas treinta veces y sé lo que digo. Había en el parque un lago artificial con dos islas, en cada una de las cuales se elevaba una casa de verano. El Dalai Lama pasaba mucho tiempo en estas casas y meditaba muchas horas. Dentro del parque había un cuartel donde se alojaban unos quinientos hombres, que constituían la guardia personal del Dalai Lama.
A aquel lugar era adonde me conducía el lama Mingyar Dondup. Era mi primera visita al parque. Cruzamos una puerta muy ornamental que daba entrada al Recinto privado. Una gran variedad de aves picoteaban en el suelo en busca de comida. No se asustaron. Ni uno de estos pájaros salió volando; más bien parecían esperar que nosotros nos desviásemos para no molestarlos. El lago era de lo más plácido y liso, como la superficie de un espejo de metal muy bien pulido. La vereda de piedra estaba recién blanqueada y por ella fuimos hasta la más alejada de las dos islas, donde el Más Profundo parecía sumido en importante meditación. Al acercarnos, levantó la vista y nos sonrió. Nos arrodillamos, pusimos los pañuelos sobre sus pies y nos dijo que nos sentásemos frente a él. Tocó una campanilla para que sirviesen el té, sin el cual no empezará una conversación seria ningún tibetano.
Mientras esperábamos, me habló de las diferentes clases de animales que tenía en el parque y me prometió enseñármelos más tarde.
Por fin llegó el té. En cuanto se alejó el lama que lo había traído, me dijo el Dalai Lama:
—Mi buen amigo Mingyar me dice que no te gustan los colores áuricos de la Delegación china. Dice también que traen muchas armas. Nunca has fallado en las pruebas de clarividencia. Dime, ¿qué opinas de esos hombres?
Aquello me molestaba. No me gustaba contar —excepto a mi Guía— lo que veía en las auras y lo que significaban para mí. Yo tenía la convicción de que si una persona no «veía» por sí misma era que tampoco debía enterarse. Pero ¿cómo podía decirle aquello al Jefe del Estado? Sobre todo si éste no era clarividente.
—Honorable Precioso Protector —dije por fin—, no estoy dotado para leer las auras de los extranjeros. Mi opinión no tendría valor alguno.
De nada me sirvió esta respuesta, pues el Más Profundo me dijo en seguida:
—Como poseedor de talentos muy especiales, perfeccionados por las Artes de nuestros Antiguos, es tu deber decir lo que sepas. Te hemos preparado para ello. De modo que di lo que sepas.
—Honorable Precioso Protector, esos hombres tienen malas intenciones.
El color de sus auras revela que son traidores.
Sólo dije eso. El Dalai Lama pareció satisfecho.
—Bien, me has dicho lo mismo que a Mingyar. Mañana te ocultarás detrás del biombo y observarás mientras están aquí los miembros de la Misión china. Has de tener la absoluta seguridad, comprendes? Escóndete ahora para ver si nadie podría darse cuenta de que estás ahí dentro.
La prueba demostró que se me veía un poco. Los leones chinos fueron movidos levemente y por fin quedé bien oculto.
Entraron unos lamas como si fueran la Delegación china. Trataban de localizarme. Sorprendí los pensamientos de uno de ellos. « si lo descubro me ascenderán! Pero estaba mirando para el lado contrario a donde yo me hallaba. El Dalai Larna, satisfecho, me hizo salir de mi escondite y me dijo que me presentase allí al día siguiente, que era cuando le visitaría la Misión china con el objeto de hacerle firmar un tratado. Mi Guía y yo regresamos a nuestra lamasería.
El día siguiente, hacia las once de la mañana, volvimos al Recinto privado.
El Dalai Lama me sonrió y ordenó que me dieran de comer antes de esconderme. Nos trajeron al lama Mingyar Dondup y a mí unos excelentes manjares, algo que habían importado de la India en latas. No sé lo que era, pero me encantó variar de mi dieta, siempre igual: tsampa, té y nabos. Bien fortalecido con esta comida, me encontraba dispuesto a soportar varias horas de inmovilidad en mi escondite. Para mí y para cualquier lama la absoluta inmovilidad es algo sin importancia. Para la meditación nos pasábamos horas enteras sin movernos en absoluto. Por ejemplo, era corriente que me pusieran una lámpara en la cabeza y tenía que permanecer inmóvil en la actitud del loto hasta que se apagaba la lámpara por sí sola. Esto podía durar unas doce horas. Así que las tres o cuatro horas que se me pedían ahora nada significaban para mí.
Frente a mí se sentó el Dalai Lama en la actitud del loto, en su trono situado a dos metros del suelo. Tanto él como yo estábamos completamente inmóviles. De pronto sonaron por los pasillos unos gritos soeces y muchas exclamaciones en chino. Después supe que les habían descubierto unos bultos sospechosos debajo de las túnicas y, al registrarlos, les habían sacado muchas armas. Por fin los dejaron entrar. Acompañados por los guardias del Dalai Larna entraron en el Recinto privado. Un alto lama entonaba:
«Orn! Ma-ni pad-me Hum!» Y los chinos en vez de repetir el mismo mantra como ordena la cortesía usaron la forma china: «0-mi-tó-fo» (que significa:
« oh Amida Buda!»). En seguida pensé: En fin, Lobsang, tu tarea es fácil. Esta gente enseña sus verdaderos colores.
Desde mi escondite observaba la oscilación de sus auras, su brillo opalescente y su color rojo sucio. Estaban claros sus pensamientos de odio, que giraban como un torbellino. Se veían unas franjas y estrías de colores desagradables; no las tonalidades puras y claras de los pensamientos elevados, sino las insanas de aquellos cuyas fuerzas vitales se dedican al materialismo y a la maldad. Eran de esas personas de las que se dice: «Sus palabras eran limpias, pero sus pensamientos eran sucios.» También contemplé al Dalai Lama. Sus colores indicaban tristeza. Y estaba triste porque recordaba su visita a China. Todo lo que veía en el Más Profundo me gustaba. Ha sido el mejor gobernante que ha tenido el Tíbet.
Es cierto que tenía mal genio y cuando se irritaba se le ponía el aura de un rojo vivo; pero en nuestra historia quedará como el Dalai Lama que con más devoción ha servido a su país. Desde luego, yo le tenía un gran afecto y sólo había una persona a quien estimase más que a él: el larna Mingyar Dondup, por quien sentía más afecto.
La entrevista no condujo a nada positivo, ya que aquellos hombres no iban como amigos, ni de buena fe. Sólo pensaban en salirse con la suya, sin importarles los medios. Querían territorios, querían dirigir la política del Tíbet y... ¡querían oro!. Esto último era lo que más les atraía desde hacía muchos años. En el Tíbet hay cientos de toneladas de oro, pero lo consideramos como un metal sagrado. Según nuestras creencias, la tierra queda maldita si se saca de ella el oro; de modo que se le deja en los yacimientos.
Sólo se pueden coger algunas pepitas que arrastran los ríos. He visto oro en la región de Chang Tang, a la orilla de rápidas corrientes, lo mismo que se ve arena a la orilla de cualquier río. Esas pepitas —o «arena»— las fundíamos para hacer adornos de los templos. Para nosotros, el oro es metal sagrado para usos también sagrados. Incluso las lamparillas las hacemos de oro. Desgraciadamente, el metal es tan blando que esos objetos se retuercen con mucha facilidad.
El Tíbet tiene una extensión ocho veces mayor que la de las Islas Británicas.
Grandes zonas están aún sin explorar, pero en mis viajes con el lama Mingyar Dondup he visto que tenemos oro, plata y uranio. Nunca hemos permitido que los occidentales exploren nuestro terreno a causa de la vieja leyenda: «A donde va el hombre de Occidente allí hay guerra.» El lector debe recordar cuando lea «trompetas de oro», «platos de oro», «cuerpos cubiertos de oro», que el oro es un metal muy abundante en el Tíbet y que no se considera como un metal precioso, sino sagrado. El Tíbet podría ser uno de los grandes almacenes del mundo si la Humanidad trabajase al unísono para lograr la paz en vez de esforzarse tan inútilmente por conquistar el poder.
Una mañana entró a verme el lama Mingyar Dondup cuando yo copiaba un viejo manuscrito.
—Lobsang, tendrás que dejar eso por ahora. El Precioso ha enviado a buscarnos. Tenemos que ir al Norbu Linga, y los dos juntos, ocultos, hemos de analizar los colores de un extranjero que ha llegado del mundo occidental.
Tenemos que darnos mucha prisa porque el Más Profundo quiere vernos y hablar con nosotros antes. Esta vez no habrá pañuelos ni ceremonias.
Es muy urgente.
Le miré un instante y enseguida me puse en movimiento.
—Sólo el tiemp o de ponerme una túnica limpia, Honorable Maestro.
No tardé en arreglarme. Caminamos a toda prisa y llegamos a las puertas de Norbu Linga o Parque de la Joya. Los guardias se disponían a alejarnos cuando reconocieron al lama Mingyar Dondup. Cambiaron de actitud inmediatamente. Nos llevaron al Jardín Interior, donde se hallaba el Dalai Lama. Me desconcertaba no tener ningún pañuelo que ofrecerle y no sabía cómo acercarme a él. Pero el Más Profundo nos miró sonriente y dijo:
—Siéntate, Mingyar, y tú también, Lobsang. Veo que os habéis dado mucha prisa.
Nos sentamos y esperamos a que El nos dijese lo que deseaba de nosotros.
Estuvo meditando un buen rato, como si ordenase sus pensamientos en determinado orden de batalla. Por fin dijo:
—Hace algún tiempo, el Ejército de los Bárbaros Rojos (los ingleses) invadió nuestra sagrada tierra. Me marché a la India y desde allí emprendí otros largos viajes. En el Año del Perro de Hierro (1910) los chinos nos invadieron como resultado directo de la invasión británica. De nuevo me refugié en la India y allí conocí al hombre que veremos hoy aquí. Cuento todo esto por ti, Lobsang, ya que Mingyar estaba conmigo. Los ingleses hicieron promesas que no cumplieron. Ahora quiero saber si este hombre habla con una lengua o con dos, si es sincero o hay doblez en él. Tú, Lobsang, no entiendes su idioma y así estarás libre de toda influencia. Desde esa ventana cubierta con una celosía podrás observarlo tranquilamente. Tu presencia no será descubierta. Anotarás tus impresiones sobre los colores astrales del extranjero, como te ha enseñado tu Guía, que tanto te elogia siempre. Indícale dónde ha de ocultarse, Mingyar, ya que Lobsang está más acostumbrado a ti que a mí... Es más, ¡estoy convencido de que consideras a Mingyar Dondup superior al propio Dalai Lama!
Oculto detrás de la celosía, estaba ya cansado de esperar —aunque no fisicamente— y me entretenía mirando al jardín, a los pájaros, a las ramas de los árboles movidas por la brisa... E incluso tomaba de vez en cuando, temiendo que alguien me sorprendiera, algún bocado de la tsampa que llevaba en la túnica. Las nubes navegaban majestuosamente por el cielo y pensaba en lo mucho que me gustaría sentir el balanceo de una de aquellas enormes cometas de Tra Yerpa y oír el silbido del viento rozando la seda y sacudiendo la cuerda. De pronto, me sobresaltó un gran ruido, y por un momento llegué a creer que efectivamente me encontraba en una cometa y que me había quedado dormido y que me había estrellado contra el suelo.
Pero se trataba sencillamente de la puerta del Recinto privado que acababan de abrir. Unos lamas de dorado hábito precedían a un ser de extraordinario aspecto. Hube de contenerme para no soltar una carcajada. Era un hombre alto y delgado, de rostro pálido, cabello blanco y ojos hundidos, con una boca fina y de expresión dura. Pero lo que me impresionaba de él —con una cómica impresión, desde luego— era su absurdo traje. Era un extraño atavío de tela azul y con unas filas de redondelitos brillantes. Por lo visto, algún sastre muy inexperto le había hecho la ropa, pues el cuello le quedaba tan ancho que tenía que cruzárselo por delante. Además a los lados llevaba como unos parches que supuse serían remiendos simbólicos semejantes a los que nosotros llevábamos para imitar la humilde vestimenta de Buda. Los bolsillos occidentales nada significaban para mí en aquella época, ni las solapas, ni las demás características de los trajes de Occidente.
En el Tíbet, todos los que no necesitan realizar trabajos manuales llevan unas largas mangas que les ocultan las manos. Aquel hombre tenía unas mangas ridículamente cortas que sólo le llegaban a la muñeca. «Sin embargo, no puede ser un labrador —me dije—, pues sus manos son demasiado suaves. Quizá no sepa cómo debe vestir un hombre de elevada condición.
Pero lo más chocante era que la túnica de aquel individuo terminaba donde sus piernas se unían al tronco. Aquello lo atribuía pobreza. El desgraciado no podría permitirse utilizar más tela. Y los pantalones, ceñidos disparatadamente a las piernas y demasiado largos, tenían los extremos inferiores doblados. « molesto y avergonzado se debe de sentir al presentarse así ante el Más Profundo! Supongo que alguien de su misma estatura le prestará algún traje decente.» Y entonces le miré los pies. Llevaba en ellos unas cosas negras brillantes, como si estuvieran cubiertas de hielo. No eran botas de fieltro como las usadas por nosotros. De todo lo que había visto hasta entonces en mi vida me había asombrado tanto como aquel calzado.
Casi automáticamente fui anotando los colores que veía y la interpretación que iba dándoles. A ratos el hombre hablaba en tibetano, bastante bien para ser un extranjero, pero en seguida volvía a expresarse en su idioma, una notable serie de sonidos que yo no había oído en mi vida. Cuando volví a ver al Dalai Lama, aquella misma tarde, me explicó que este galimatías se llamaba inglés.
El extranjero me asombró al meter la mano en uno de esos parches laterales de su corta túnica y sacar de él un trozo de tela blanca. Cuando aún no me había repuesto de la impresión de verle ejecutar este irrespetuoso movimiento delante del Dalai Lama, me sobresaltó con algo aún más extraordinario:
se llevó el trapo blanco a la nariz y a la boca e hizo un ruido como de trompetilla. Pensé: “Este debe de ser un saludo que los occidentales reservan para el Dalai Lama.” Terminado el curioso saludo, el extranjero volvió a guardarse el trapo cuidadosamente en el mismo parche lateral.
Luego metió la mano en otros parches semejantes que llevaba en diversos sitios y sacó unos papeles de una clase que nunca había visto yo: blanco, fino, y brillante, no como el nuestro, que era basto, grueso y rugoso. «¿cómo podrán escribir en eso? —me pregunté yo—. ¿Cómo podrán raspar con fuerza sin romperlo?» Entonces, el extranjero sacó del interior de su media túnica un palito de madera pintada con algo en el centro que parecía hollín.
Apoyó este instrumento en el papel y empezó a moverlo. Supuse que no sabía escribir, que imitaba con la nariz el sonido de una trompetilla, que ni siquiera podía sentarse como las demás personas... Para colmo, no se estaba quieto y hacía un movimiento extrañísimo cruzando y descruzando las piernas. Hubo un momento en que llegué a horrorizarme. El hombre le vantó la punta de uno de sus pies de modo que apuntaba con ella al Dalai Lama, terrible insulto que no se perdonaría a un tibetano. Pero debió de darse cuenta, porque se apresuró a descruzar las piernas.
A pesar de esta serie de faltas de respeto, el Dalai Lama trataba a este individuo con toda consideración. Con gran estupefacción mía, el propio Dalai Lama se sentó en otra de aquellas sillas y dejó colgar las piernas hasta el suelo. El visitante tenía un nombre rarísimo. Se llamaba Instrumento Musical Femenino’ (ahora le llamaría C. A. BelI). Sus colores áuricos me indicaron que su Salud era muy precaria, probablemente debido a que vivía en un clima que no le sentaba bien. Deduje que el hombre quería sinceramente ayudarnos, pero sus colores revelaban también que temía incurrir en el enojo de su Gobierno y que éste tomase contra él alguna medida que afectara al importe de la pensión que había de pagarle durante los años que le restasen de vida cuando dejase de trabajar. Vi que deseaba tomar una actitud, pero que su Gobierno no se lo permitía, de manera que se veía obligado a decir una cosa y esperar que la cosa contraria —lo que él había intentado hacer aceptar a su Gobierno— resultase con el tiempo la más acertada.
Luego vi que sabíamos muchas cosas sobre este míster Bell: la fecha de su nacimiento, y muchos momentos cumbres de su carrera, lo cual nos serviría para montar su horóscopo. Los astrólogos descubrieron que Bell había vivido en el Tíbet en encarnaciones anteriores y que durante su vida anterior había expresado su deseo de reencarnar en el Occidente con la esperanza de contribuir a un entendimiento entre Oriente y Occidente. Hace poco tiempo me dijeron que ha contado esto mismo en un libro que ha escrito.
Hemos llegado a la conclusión de que si este hombre hubiera podido influir en su Gobierno en el sentido que él quería, no habría llegado a producirse la invasión comunista de mi país. Sin embargo, las predicciones habían dicho que esta invasión se produciría, y las predicciones nunca se equivocan.
Según parece, el Gobierno inglés estaba muy alarmado porque sospechaba que el Tíbet había celebrado tratados con Rusia. Esto no es digno de los ingleses. Gran Bretaña no quería llegar a ningún acuerdo con el Tíbet y, por otra parte, quería impedir que el Tíbet se hiciera otros amigos. Todo el mundo podía firmar tratados de amistad, comerciales, o de mutua defensa, menos nosotros; y ante la sospecha de que hubiésemos llegado a hacerlo, Gran Bretaña se proponía invadirnos o estrangulamos, lo mismo daba. Este Mr. Bell, que nos conocía bien, estaba convencido de que no nos interesaba alia rnos con ningún país. Sólo deseábamos que nos dejasen solos, que nos dejasen vivir la vida a nuestro modo. Los extranjeros no nos habían traído sino pérdidas, trastornos y penalidades.
Al Más Profundo le agradaron las observaciones y comentarios que le hice, siguiendo mis anotaciones, cuando el extranjero se hubo marchado.
¡Pero aquello sólo sirvió para que el Dalai Lama se convenciera de la necesidad de hacerme trabajar más!
—Sí, sí, Lobsang —exclamó—, hemos de hacerte trabajar mucho más. Así estarás mejor preparado cuando viajes por los países extranjeros.
Te aplicaremos más tratamiento hipnótico para que almacenes todos los conocimientos que nosotros poseemos ahora.
—Tocó la campanilla y acudió uno de sus lamas-ayudantes—. ¡Que venga Mingyar Dondup inmediatamente!
Unos minutos después se presentó mi Guía. Venía con toda calma. Por nada del mundo se apresuraba aquel hombre. Y el Dalai Lama, que lo trataba como un amigo íntimo, no le dio prisa. Mi Guía se sentó junto a mí, frente al Precioso. Llegó a toda prisa un ayudante con té y «cosas de la India ». Cuando nos hubimos sentado, el Dalai Lama dijo:
—Mingyar, has acertado; este muchacho tiene talento. Pero aún se puede perfeccionar más y debe desarrollarse. Toma todas las medidas que estimes convenientes para que esté preparado lo mejor y más pronto posible.
Emplea todos los recursos de que disponemos, ya que, como se nos ha advertido tantas veces, vendrán malos tiempos para nuestro país y debemos disponer de alguien que esté en condiciones de compilar el Archivo de las Antiguas Artes.
Así, tuve que aprovechar aún más el tiempo. A veces, me sacaban de mis estudios para que interpretase los colores de alguna persona: un abad de alguna lejana lamasería, algún dirigente político de una provincia no menos distante... Fui uno de los más asiduos visitantes del Potala y del Norbu Linga. En el primero me permitían usar a mi antojo los telescopios que tanto me distraían, sobre todo uno de enorme tamaño montado sobre un gran trípode, un telescopio astronómico. Me pasaba muchas horas de la noche contemplando las estrellas y la Luna...
El lama Mingyar Dondup y yo íbamos con frecuencia a la ciudad de Lhasa para observar a los visitantes. La gran clarividencia de mi Guía, su amplio conocimiento de las gentes y su gran sabiduría, le permitían comprobar y ampliar mis interpretaciones. Era de apasionante interés detenerse ante el puesto de un mercader y escuchar cómo alababa el hombre sus mercancías y comparar estos pregones con sus pensamientos, que para nosotros estaban tan claros como sus palabras. Además, mi memoria se desarrolló mucho. Durante muchas horas escuchaba los pasajes que me leían y luego los repetía al pie de la letra. Para facilitar este aprendizaje me hacían caer en trance hipnótico mientras me leían trozos de las más viejas escrituras.

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Re: (Lobsang Rampa) un lama Tibetano

Mensaje  TURISTA el Lun 15 Nov - 12:37

Capítulo XVI
LAMA.


Se intensificaba considerablemente mi adiestramiento en los viajes astrales, en que el espíritu, o ego, abandona el cuerpo y permanece unido a la vida de la Tierra sólo por el Cordón de Plata. A mucha gente le cuesta trabajo creer que podemos viajar de este modo. La verdad es que todos lo hacen cuando duermen. En Occidente casi siempre es involuntario; en Oriente los lamas lo hacen con plena conciencia. Así conservan un recuerdo pleno de lo que han hecho, lo que han visto y dónde han estado. En Occidente se ha perdido este arte y por eso cuando se despiertan creen que han tenido lo que ellos llaman un «sueño».
Todos los países han poseído un conocimiento de estos viajes astrales.
Por ejemplo, en Inglaterra se atribuyen a las brujas, que pueden volar. Pero las escobas no son necesarias excepto como medio de racionalizar lo que la gente no quiere creer. En los Estados Unidos se dice que los espíritus de los hombres rojos (indios) vuelan. En todas partes existe un conocimiento apagado de estas cosas. A mí me enseñaron a viajar astralmente y cualquiera puede aprenderlo.
Otro arte de fácil dominio es la telepatía, pero no la que suele explotarse como espectáculo. Afortunadamente, se empieza a reconocer la eficacia de la telepatía.

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Re: (Lobsang Rampa) un lama Tibetano

Mensaje  TURISTA el Lun 15 Nov - 12:41

Para lograr el estado de invisibilidad hay que suspender toda acción y también interrumpir nuestras ondas cerebrales. Si dejamos que el cerebro funcione (piense), otra persona que se encuentre cerca adquiere inmediata conciencia telepática de la presencia de aquel individuo; es decir, lo ve, y entonces se hace imposible el estado de invisibilidad. En el Tíbet hay hombres que pueden hacerse invisibles a voluntad porque pueden interrumpir sus ondas cerebrales.
Pero insisto en que debe considerarse afortunado que sean tan pocos.
La levitación se puede lograr, pero es un sistema de viajar poco recomendable, ya que requiere un gran esfuerzo. El verdadero adepto utiliza el viaje astral, que es muy sencillo con tal que se tenga un buen profesor. Yo lo tenía y pude (y aún puedo) viajar astralmente. En cambio, no he conseguido nunca hacerme invisible, a pesar de lo mucho que me he esforzado para ello. Habría sido magnífico poderme esfumar cuando hubiera querido hacer algo desagradable, pero esto me estaba negado.

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Re: (Lobsang Rampa) un lama Tibetano

Mensaje  Marcelo el Lun 15 Nov - 20:18


Capítulo XVII

ÚLTIMA INICIACIÓN.


Tus estudios en el viaje astral te han llevado muy lejos, pero esa nueva experiencia te hará conocer zonas mucho más distantes, más allá de toda conexión con esta vida y penetrarás en el pasado de nuestro país.
El adiestramiento preparatorio era muy difícil y largo. Durante tres meses administraron rigurosamente mi vida. Unos platos especiales hechos con hierbas de sabor horrible fueron añadidos a mi menú diario. Me insistían en que fijase sólo mis pensamientos en lo puro y santo. ¡Como si hubiera mucho donde elegir en una lamasería! Incluso la tsampa y el té me eran racionados. Una austeridad rígida, una disciplina aún más estricta y muchas horas de meditación; ésta fue mi vida durante aquellos meses.
Por fin, al cabo de ese tiempo, decidieron los astrólogos que había llegado la hora, pues todos los presagios eran favorables. Pasé veinticuatro horas ayunando hasta que me sentí tan vacío como el tambor de un templo.

Técnicas de adiestramiento "intensivo" de los lamas:
.Apx. 3 meses
.Relata alimentos de hierbas de sabor horrible añadido a su menu (no sabría que significa esto)
.insistencia en fijar los pensamientos solo en lo puro y santo
.Ayuno y racionamiento de la comida(tsampa) e incluso el Té
.Austeridad rígida (seria dejar muchas cosas)
.Disciplina estricta (como la que hace un medallista olímpico que entrena para un campeonato)
.Muchas horas de meditación

Hasta que los lamas "astrologos" deciden que llego la hora o sea que se acompaña la preparación o iniciación interna en los momentos astrologicos indicados.

Y por ultimo 3 días encerrado en una cueva secreta como se relata a continuación

Marcelo
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Re: (Lobsang Rampa) un lama Tibetano

Mensaje  Marcelo el Lun 15 Nov - 20:34

El decano de los abades se volvió hacia mí y me explicó:
—Estás a punto de convertirte en Iniciado y con ello podrás ver el Pasado y el Futuro. Pero tendrás que hacer un gran esfuerzo final. A muchos les ha costado la vida y otros muchos han tenido que abandonar la tarea.
Pero nadie puede salir de aquí vivo si no triunfa. ¿Estás preparado? Y ¿deseas verdaderamente someterte a la gran prueba final?
Dije que estaba dispuesto y con gran deseo de hacerlo. Entonces me condujeron a una losa de piedra situada entre dos de los sepulcros. Obedeciendo sus indicaciones me senté en la actitud del loto con las piernas cruzadas, el torso erguido y las palmas de las manos hacia arriba.
Encendieron cuatro barras de incienso, una por cada sepulcro y la cuarta para mi losa. Los abades tomaron cada uno una lámpara y se marcharon en fila. Al cerrarse la pesada puerta negra me quedé solo con los tres dioses antiquísimos. Pasaba el tiempo mientras yo meditaba sentado en mi losa de piedra. La lámpara que me habían dejado chisporroteaba y acabó apagándose. Durante unos momentos siguió rojizo el pabilo y sentí un olor de tela quemada, y luego también este punto luminoso se apagó.



Me tumbé de espaldas en mi losa e hice los ejercicios especiales de respiración que me habían enseñado durante tantos años. Las tinieblas y el silencio eran oprimentes. Bien se puede decir que era el silencio de la tumba.
De pronto se puso mi cuerpo rígido, cataléptico. Los miembros se me fueron durmiendo y los invadió poco a poco un frío helado. Tenía la sensación de estarme muriendo. Sí, muriéndome en aquella tumba de hacía tantos siglos. A más de ciento treinta metros bajo la superficie. Sentí una violenta sacudida en el interior de mi cuerpo y la impresión inaudita de un extraño roce y crujidos como si estuvieran desdoblando y desenrollando cuero muy viejo. Paulatinamente fue llenándose la tumba de una luminosidad azul pálida como la de la luz de la Luna en un alto desfiladero. Sentí como un balanceo, un movimiento de elevación y descenso. Por unos instantes pude imaginarme que me hallaba volando una vez más en una cometa o tirando de ella desde abajo y que subía y bajaba por la fuerza del aire. Entonces comprendí que efectivamente estaba flotando por encima de mi cuerpo carnal. Y precisamente cuando pude darme cuenta de lo que me ocurría, empecé a moverme inconfundiblemente: ascendía como una nubecilla de humo. Por encima de mí veía una deslumbrante claridad, algo así como una taza de oro iluminada por dentro. De mi cintura colgaba un cordón de Plata azulada que latía y relucía lleno de vitalidad.
Miré hacia abajo y vi mi cuerpo tendido. Yacía como un cadáver más.



CONTINUA Y TERMINA ASÍ EL CAP. XVII:
Aparte del tamaño y del oro, poca diferencia había entre mi cuerpo y los de los tres dioses que tenía junto a mí (estatuas). Era una experiencia absorbente. Pensé en las mezquinas preocupaciones de la humanidad actual y me pregunté cómo podrían explicarse los materialistas la presencia de estas inmensas figuras.
Pero de pronto me di cuenta de que algo obstaculizaba mis pensamientos.
Tenía la sensación de no estar ya solo. Me llegaban trozos de conversación y fragmentos de pensamientos ajenos. Por mi visión mental empezaban a pasar como fulgurantes ramalazos ciertas imágenes. A gran distancia, alguien parecía estar tocando una enorme campana de profundos tonos.
Este sonido se fue acercando rápidamente hasta que por fin fue como si estallara dentro de mi cabeza y vi gotitas de luz de colores y ráfagas de matices desconocidos hasta entonces para mí. Mi cuerpo astral era arrastrado de un lado para otro como una hoja por un vendaval. Sentí unas punzadas de dolor como si me pincharan con hierro al rojo vivo. Me sentía solo, abandonado, una insignificante partícula de un implacable universo. Descendió hacia mí una densa capa de niebla y con ella me envolvió una calma que no era de este mundo.
Poco a poco se desvanecieron las tinieblas que me envolvían. No sé de dónde me llegaba el rugir del mar y el silbante ruido de los guijarros al ser arrastrados por las olas. Aspiraba el aire salino y percibía perfectamente el olor penetrante de las algas. Era una escena familiar: me tumbé boca arriba sobre la cálida arena y estuve contemplando las copas de las palmeras. Pero algo había en mí que seguía recordándome que nunca había visto el mar y que ni siquiera había oído nunca hablar de las palmeras.. De un cercano bosquecillo me llegaban unas voces rientes, voces cada vez más fuertes, porque eran las de un feliz grupo de personas muy bronceadas por el sol que se me acercaban. ¡Gigantes! ¡Todos ellos eran gigantes! Miré hacia abajo y vi que también yo era un gigante. Las impresiones se acumulaban en mi campo de percepción astral: hace innumerables siglos la Tierra giraba más cerca del Sol y en la dirección contraria a la de ahora. Los días eran más breves y más cálidos. Surgieron formidables civilizaciones y los hombres sabían más que ahora. De los espacios celestiales llegó un planeta errante, que chocó con la Tierra. Y la Tierra salió de su órbita y empezó a girar en la dirección contraria. Se levantaron los vientos que agitaron las aguas, las cuales inundaron la Tierra y hubo diluvios universales. Espantosos terremotos sacudieron el mundo. Unos paises se sumergieron y otros emergieron. Las tierras cálidas y agradables que constituían el Tíbet perdieron sus magníficas playas y se elevaron, como disparadas, a un promedio de tres mil metros sobre el nivel del mar. Y sobre este territorio crecieron inmensas montañas que escupían ardiente lava. En las zonas más altas siguió floreciendo la fauna y la flora de aquel mundo desaparecido, pero éste es un tema que sobrepasa los límites de un libro, y una parte de mi «iniciación astral» es demasiado secreta y sagrada para que me atreva a publicarla.
Poco tiempo después sentí que las visiones se iban oscureciendo y borrando.
Gradualmente fui perdiendo la consciencia astral y la física. Más tarde experimenté la desagradable sensación del frío, pero se trataba ya de un frío normal, de un frío de este mundo, el que puede sentirse cuando se lleva mucho tiempo tendido sobre una losa bajo la helada oscuridad de una bóveda. En mi cerebro oía estos pensamientos:
—Sí, ya ha vuelto a nosotros. ¡Vamos en seguida!
Pasaron unos minutos y vi que se iluminaba débilmente la tumba.
Eran las lámparas de los tres viejísimos abades.
—Te has portado muy bien, hijo mío —me dijo el que los dirigía—.
Te has pasado aquí tres días. Ahora ya lo sabes todo. Has muerto y has vivido.
Con gran dificultad me incorporé y logré por fin ponerme en pie. Me tambaleaba de debilidad y hambre. Salimos de esta cámara funeraria que nunca habría de olvidar y respiramos por fin el aire más puro de los otros pasadizos. Sentía un hambre extremada, y entre ella y las portentosas exp eriencias que había vivido, estaba a punto de desmayarme. Pero tardé poco en comer y beber hasta hartarme y aquella noche cuando me acosté tuve la convicción de que pronto debería abandonar el Tíbet y marchar a países extranjeros como estaba predicho. A los países que se me figuraban entonces tan extraños. ¡Ahora puedo decir que eran y son mucho más extraños de lo que pude imaginar!

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Re: (Lobsang Rampa) un lama Tibetano

Mensaje  Admin el Lun 15 Nov - 21:22

En ”Usted y La Eternidad” Cada capítulo es una “clase” y allí se muestran, paso a paso, las técnicas para ver el aura, viajar al astral, curar con las manos etc. Y siempre desde un sentido espiritual de la vida, siempre considerando que esto es una escuela, que venimos a aprender, que la muerte no existe como tal y sólo se trata de ir evolucionando, de ir creciendo como entidad…

Dice M. L. Rampa:
“Los gobiernos del mundo tendrán que decir la verdad sobre los Ovnis y tendrán que informar sobre los pueblos de mas allá del espacio. Ellos ya los conocen, pero tienen temor de hacérselo conocer al público”.


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Re: (Lobsang Rampa) un lama Tibetano

Mensaje  TURISTA el Lun 15 Nov - 23:03

Wikipedia dice:

Tuesday Lobsang Rampa o Martes Lobsang Rampa, fue el seudónimo literario de Cyril Henry Hoskin (Plympton, Inglaterra, 8 de abril de 1910 – Calgary, Canadá, 25 de enero de 1981), autor de 19 libros sobre temas diversos como religión, ocultismo, el aura, la vida en el Tíbet o algunos fenómenos paranormales. En 1948 cambió su nombre legal a Carl Kuon Suo.


Sus primeros libros

Lobsang Rampa fue un autor muy polémico debido a lo que escribió y declaró en sus primeros tres libros, El tercer ojo (1956), El médico del Tibet (1959), y El cordón de plata (1960). En ellos cuenta su presunta autobiografía, comenzando por su infancia; narra cómo fue educado para ser un monje-médico en el Monasterio de Chakpori, alcanzando el título de Lama y posteriormente de Abad de su orden. El relato continúa describiendo su viaje a China antes de la invasión del Tibet por el ejército popular de China en 1950. En China estudiará medicina en la Universidad de Chunking, graduándose como médico cirujano. Aprende aviación por su cuenta, y se tiene que desempeñar como oficial médico de guerra durante la invasión japonesa derivada de la Segunda Guerra Mundial. Es capturado, llevado a Japón, interrogado y torturado por las tropas japonesas. Finalmente puede escapar durante el bombardeo atómico de Hiroshima. Llega a Rusia, viajando hasta Moscú, donde es detenido por los rusos, internado en la Lubyanka, torturado y vuelto a interrogar. Por último, vuelve a escapar cuando es deportado, y viaja por Europa hasta llegar a Francia y Reino Unido, donde se embarca hacia Estados Unidos, entrando de manera ilegal. Finalmente marcha hasta Canadá.

Los tres primeros libros, donde se cuentan todas estas aventuras, aparecieron en inglés. Tras el éxito de ventas se tradujeron a idioma español, editándose en varios países como España o Argentina.


El tercer ojo

En noviembre de 1956 se publicó en el Reino Unido El tercer ojo, el primero de los grandes éxitos de ventas de Lobsang Rampa. El libro explica sus experiencias mientras se criaba en un monasterio tibetano tras ser enviado al mismo a la edad de 7 años. El título del libro está tomado de una operación en la cual un tercer ojo es abierto en la frente de Rampa, dándole el poder de la visión del Aura.

A lo largo del libro, Lobsang Rampa describe su educación como monje tibetano, detallando un viaje a las tierras altas (el mítico Shambhala), un avistamiento del legendario yeti, explicando al final del libro cómo encuentra un cuerpo momificado que fue él en una anterior encarnación. También toma parte en una ceremonia de iniciación en la cual aprende que durante su temprana historia el planeta Tierra fue golpeado por otro planeta, causando que el Tibet sea el reino montañoso que es hoy.

El manuscrito de El tercer ojo había sido rechazado por las principales editoriales británicas antes de ser aceptado por la editorial Secker and Warburg por un adelanto de 800 libras. Antes de la publicación, Frederic Warburg se encontró con el "doctor Carl Kuon Suo", aparentemente ligado al autor del libro, y quedó intrigado por su personalidad. Warburg envió el manuscrito del libro sin publicar a cierto número de estudiosos, muchos de los cuales expresaron dudas acerca de su autenticidad. No obstante el libro fue publicado en 1956 y pronto se convirtió en un éxito de ventas.


Rampa es británico

El explorador y tibetologista Heinrich Harrer no se hallaba convencido sobre el origen del libro y contrató a un investigador privado de Liverpool, llamado Clifford Burgess, para investigar a Rampa. Los hallazgos de la investigación de Burgess fueron publicados en el diario Daily Mail en febrero de 1958. El autor del libro era Cyril Henry Hoskin, que había nacido en Plympton, Devon en 1910 y era el hijo de un fontanero. Hoskin nunca había estado en el Tíbet y no hablaba tibetano. En 1948, había cambiado legalmente su nombre al de Carl Kuon Suo antes de adoptar el nombre de Lobsang Rampa.

Rampa fue rastreado por la prensa británica hasta Howth (Irlanda) y confrontado con el resultado de las pesquisas. No negó haber nacido como Cyril Hoskin, pero declaró que su cuerpo se hallaba ahora ocupado por el espíritu de Lobsang Rampa. De acuerdo con su tercer libro La historia de Rampa, se había caído de un abeto en su jardín en Thames Ditton, Surrey mientras intentaba fotografiar un búho. Contusionado, mientras permanecía inconsciente había visto un monje budista en su túnica azafrán que caminaba hacia él. El monje le habló acerca de Rampa y de tomar posesión de su cuerpo y Hoskin aceptó, diciendo que estaba insatisfecho con su vida.


Carrera posterior

Lobsang Rampa continuó escribiendo hasta una docena de libros mezclando religión, clarividencia, fenómenos paranormales y ocultismo, aunque ninguno alcanzó el mismo éxito que El tercer ojo. En uno de los libros, Living With The Lama, declaró haber sido dictado telepáticamente por su mascota, el gato siamés Fifi Greywhiskers. Enfrentado a los repetidos ataques de la prensa británica, que le llamaba farsante y charlatán, Rampa se fue a vivir en primera instancia a Irlanda, luego Montevideo (Uruguay), y finalmente a Canadá, a fines de los años 1960. Él y su mujer San Ra'ab se convirtieron en ciudadanos canadienses en 1973.

Lobsang Rampa murió en Calgary el 25 de enero de 1981, a la edad de 70 años.


Libros

* El tercer ojo (1956)
* El médico de Tibet (El médico de Lhasa) (1959)
* Historia de Rampa (El cordón de plata) (1960)
* La caverna de los antepasados (1963)
* Viviendo con el lama (1964)
* Tú para siempre (Usted y la eternidad) (1965)
* La sabiduría de los antepasados (1965)
* La túnica azafrán (El manto amarillo) (1966)
* El camino de la vida (1967)
* Más allá del décimo (1969)
* Avivando la llama (1971)
* El ermitaño (1971)
* La decimotercera candela (1972)
* Una luz en la oscuridad (1973)
* Crepúsculo (1975)
* Tal como fue (1976)
* Yo creo (1977)
* Tres vidas (Después del tiempo) (1977)
* El sabio tibetano (1980)

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Re: (Lobsang Rampa) un lama Tibetano

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